¿Exiges a tus hijos/alumnos que resuelvan "integrales" emocionales?
- Síamar Educación
- 6 abr 2023
- 7 Min. de lectura
Actualizado: 14 abr 2023
¿Le pedirías a tu hijo o hija de 5 años que te resuelva unas integrales? Estoy bastante segura de que no, por mucho que se le den genial las Matemáticas. ¿Por qué no puede resolverlas, si su primo de 20 años sí? Fácil: su cerebro todavía no se ha desarrollado lo suficiente para darle las herramientas que necesita para aprender integrales. De primeras, un niño de 5 años aún no ha desarrollado la comprensión de la conservación de la materia (1), algo esencial para las bases Matemáticas. Esto es lo que explica que, si le cortas una comida que no le gusta nada en trozos pequeños, se queje diciendo que ahora tiene más; o que crea que si echas el agua de un vaso a otro más fino, el segundo tiene más agua. En definitiva: es un niño de 5 años, con el desarrollo de un niño de 5 años y no podemos esperar que entienda que sigue teniendo la misma cantidad de brócoli después de cortarlo ni que resuelva integrales.
Hasta aquí, todo bien, ¿cierto? Sin embargo, la cosa se complica cuando entramos en términos de desarrollo emocional: y es que, en muchas ocasiones, exigimos a los pequeños que logren cosas para las que, evolutivamente, están tan poco preparados como para resolver integrales. Esto se complica aún más cuando les regañamos o castigamos por no hacer esas “integrales” emocionales. Para el adulto, puede ser muy frustrante que su hijo/alumno no haga las cosas como él cree que debería, ya que en muchas ocasiones no es consciente de que lo que le está pidiendo no entra (aún) dentro de las capacidades del menor. Pero, ¿os imagináis lo frustrante que debe ser para el pequeño/a? Imagínate que tu jefe te exige hacer el trabajo de un ingeniero de la NASA, algo para lo que nadie te ha preparado, sin ofrecerte ninguna ayuda durante el proceso, y, cuando fallas estrepitosamente, te grita, castiga e, incluso, dice que eres un caso perdido y que no sabe qué hacer contigo. Dolería, ¿cierto?
Comprender lo que debemos esperar y lo que no debemos esperar de los niños, niñas y adolescentes es crucial para educar sin agredir; ya que, de lo contrario, nos arriesgamos a frustrarnos por culpa de nuestras propias sobreexigencias.
A continuación, os comparto algunas líneas generales del desarrollo emocional durante la infancia, aunque os recomiendo investigar sobre ello recordando siempre que, aunque demos edades estimativas, cada niño/a se desarrolla a un paso distinto:
De 0 a 3 años:
Se comunican a través del llanto. Cuando un niño/a llora, se está comunicando de la manera en la que sabe, e ignorarlo es equivalente a que tu pareja te ignore después de que le digas explícitamente “cariño, necesito tu ayuda, ¿puedes escucharme un momento?”. Ignorarles, a esta y a cualquier edad, les envía el mensaje de “no me importas, no estoy aquí para ti, arréglatelas tú solo”. Además, como decía, exigirles que te digan lo que les pasa en vez de llorar, son “integrales” emocionales: aún están desarrollando esa capacidad. E, incluso cuando aprendan a expresar con palabras lo que sienten, habrá momentos en los que necesiten llorar: porque llorar es sano.
Son incapaces de comprender el concepto de regla hasta los 2 años, y, por tanto, va a ser difícil que las sigan. Lo mejor, es enseñar con el ejemplo y guiarles siempre a lo que SÍ pueden hacer como alternativa a la conducta que no quieres que hagan. (Por ejemplo: en vez de “no toques el horno”, decir “las manos a la espalda”, o en vez de “no golpees al perro”, “acaricia suavemente”, mostrando cómo se hace).
De 3 a 5 años:
Están desarrollando su autonomía. Esto explica por qué empiezan con el “yo solo” o “yo puedo” y no te dejan ayudarles en muchas de las tareas diarias. Y, lo cierto, es que no deberías: es mejor fomentar su autonomía y quedarte cerca por si necesitan ayuda. Así, hay formas fáciles para enseñar a los niños a ponerse la chaqueta ellos solos o, incluso, puedes potenciar que te ayuden en las tareas domésticas como la cocina. La cocina, por cierto, les ayuda a desarrollar muchas capacidades, desde cognitivas hasta psicomotrices, al tiempo que les permite pasar un tiempo de calidad para vincularse contigo. ¡Pero recuerda! Nada de exigirles integrales: se les van a caer las cosas mil veces; va a haber que tirar alimentos, que comenzar recetas de cero y es mejor que lleven ropa fácil de lavar a la que no tengas mucho aprecio. Lo importante aquí es que reacciones demostrándoles que está permitido equivocarse, que les ayudes a solucionar ellos mismos el error y les demuestres que los amas por mucho que se equivoquen: nada de regañarles, tú ya sabías que se le iba a caer, está aprendiendo cómo hacerlo bien, y para eso necesita mucha práctica.
Comienzan a comunicarse y a relacionarse socialmente. Van a querer conversar incluso del chicle que ha encontrado su compañero pegado a la basura del colegio: escúchales. Si escuchas ahora la historia del chicle, habrá más probabilidades de que, cuando sean adolescentes, te cuenten sus problemas. Lo que es importante para ellos en su mundo no lo es desde una perspectiva adulta, pero para ellos es importante, así que si lloran por algo o te hablan sobre algo o se enfadan por algo, ese algo es importante y debe tratarse con su debida importancia.
De 6 a 11 años:
Aún necesitan ayuda para expresar lo que sienten de manera apropiada, especialmente si está molesto o irritado. Es importante que hayan escuchado a sus adultos de referencia (mamá, papá, la abuela, el profe…) expresar sus propias emociones desde que nacieron. Además, tanto a esta edad como en edades anteriores, les viene bien tener una guía para expresarse a través de preguntas (siempre sin juzgar) y de comentarios que validen sus emociones (“comprendo que estés enfadada, a mí también me enfada cuando no puedo hacer algo que me apetece mucho, y sé que tenías muchas ganas de ir al parque”). Claramente, validar sus emociones no significa cambiar el límite que hayamos puesto: si está lloviendo, no se puede ir al parque por muy enfadada que esté. Lo importante, es que nos unamos a nuestro peque con el problema, en vez de enfrentarnos a él: no te puedo llevar al parque, pero me gustaría hacerlo, entiendo que te enojes, te acompaño en tus emociones, estoy aquí si quieres hacer alguna otra cosa en casa.
Tienen tendencia a interpretar y expresar las cosas desde puntos de vista extremos. Es decir, si alguien hace algo malo, esa persona es mala. O, si algo no les gusta, es completamente horrible. También, claro está, si tienen admiración por alguien esa persona es completamente perfecta; o si les gusta una serie o un videojuego es tan genial que a todo el mundo debería de gustarle.
De 12 a 18 años:
Se sienten confundidos, nerviosos, sus emociones suben y bajan como una montaña rusa, tienen más capacidades cognitivas pero emocionalmente sienten un caos en su interior: todos hemos sido adolescentes. La cuestión es recordar que esto es propio de la edad, que no lo hacen a propósito y que necesitan mucha comprensión y apoyo para llevar esta etapa de cambios, que no es fácil.
Están buscando su independencia, su personalidad y eso genera una etapa de oposición: de pronto parece que todo lo que les digas está mal, que te has quedado anticuado o que no tienes idea de nada. Intenta acercarte desde la curiosidad, preguntarles por sus propias ideas y aconsejarles después de que sean ellos quienes te pregunten, en la medida que sea posible. Busca llegar a acuerdos en lugar de imponer, algo que, si has trabajado desde la primera infancia, será más sencillo para ambos.
Ahora bien, recuerda: ¡incluso si tu hijo/a tiene ya 5 años, puede que aún no haya aprendido a comunicarse sin llorar! En ese caso, le estarás exigiendo, nuevamente, “integrales” emocionales al regañarle por llorar. Lo que necesita tu peque, en ese caso, es que le acompañes y le des las herramientas para, poco a poco, ir aprendiendo a comunicarse de otra manera más efectiva. Cada niño/a tiene un ritmo de aprendizaje distinto. Sé que es duro, sé que es frustrante, pero valdrá la pena.
Y, tenga la edad que tenga tu hijo, si llora, abrázalo, consuélalo y déjale su tiempo: exactamente igual que harías con una persona adulta. Cuando sea capaz de hablar, pregúntale qué le ocurría, guíale a expresar por qué se siente mal; pero nunca nunca le digas que deje de llorar o le fuerces a contarte qué ocurre antes de que esté preparado para hacerlo. Al final, esto se resume en “no hagas a tu hijo/a lo que no te gustaría que te hicieran a ti como persona adulta” (¿te agradaría que alguien viniera cuando estés llorando y te exigiera que pares de llorar a la de ya y que le cuentes ahora mismo qué ha ocurrido?); pero eso, lo dejo para otra publicación.
Eso sí, no puedo irme sin daros una herramienta sobre todo esto:
Cuando no sepáis si tu hijo/a no quiere o no puede hacer algo tal y como lo queráis vosotros, dadle siempre un voto de confianza y pensar que necesita ayuda para hacerlo. De este modo, le daréis el apoyo que necesita, y en lugar de provocarle culpa lo motivaréis a hacerlo porque se sentirá comprendido, no enjuiciado.
Por lo general, los niños/as siempre quieren hacer las cosas bien, y cuando demuestran lo contrario (parecen pasar de todo), están demostrando su incapacidad para afrontar la frustración que les provoca hacer las cosas mal. Es decir, no es que no le importe hacerlo bien, es que no sabe cómo y se frustra. Necesita aún más apoyo y comprensión.
(1) Podéis encontrar más información al respecto en la teoría del desarrollo cognitivo de Piaget, que explica cómo el pensamiento de los niños/as va cambiando desde que nacen hasta la edad adulta. Esta teoría no está completamente actualizada y podéis encontrar otras para complementarla como la moral de Kohlberg, pero os puede servir de inicio.
(2) Recordar también que los profesores de vuestros hijos/as están acostumbrados a ver a niños/as de su edad todos los días, por lo que muchas veces os pueden dar guías al respecto de qué esperar.


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